domingo, 27 de octubre de 2013

LORD BYRON (I)






En un álbum

Sobre la fría losa de una tumba
un nombre retiene la mirada de los que pasan,
de igual modo, cuando mires esta página,
pueda el mío atraer tus ojos y tu pensamiento.

Y cada vez cada vez que acudas a leer este nombre,
piensa en mí como se piensa en los muertos;
e imagina que mi corazón está aquí,
inhumado e intacto.

(Versión de Arturo Rizzi)



“Cuando un miembro se debilita, siempre hay otro que lo compensa”


LORD BYRON


Estas palabras siempre harán honor a nuestro escritor de hoy. Su nombre completo es George Gordon Byron, y es  el  sexto Barón de Byron. Se trata de uno de los poetas ingleses  más importantes del periodo Romántico. Nació en Londres en 1788, y murió en Messolonghi (Grecia) en 1824.Hoy vamos a ver un poco de sus orígenes, y en la siguiente entrada veremos su madurez.


Hijo de un capitán (John Mad Jack Byron) y de su segunda esposa ( Catherine Gordon),con los que mantiene una tempestuosa relación, y nieto de John Byron, vicealmirante que dedicó su vida a navegar por el mundo.
Cuando John cuenta con tan sólo tres años de edad, queda huérfano de padre. Éste había huido de su propia  residencia, refugiándose en una propiedad que tenía de su hermana en Francia, huyendo tanto del fuerte temperamento de su esposa, como de los problemas económicos que tanto le agobiaban, queriéndose apartar de sus acreedores. La vida de su progenitor había sido tremendamente desequilibrada; la manutención de sus varias amantes y el derroche de su dinero dejaron a su mujer y su hijo completamente desprotegidos, "regalándoles" nada más que deudas. Aún así, su madre llora desconsoladamente la  pérdida de su marido.


Nos estamos deteniendo en su vida familiar porque ésta marcará profundamente la personalidad del autor al que hoy nos dedicamos. Lord Byron, a pesar del “destrozo material” que  le deja su padre en vida, heredará de él grandes aptitudes que más tarde le serán beneficiosas para escribir su obra. Así, serán el culto a la galantería, su gran amor a la belleza, y una inclinación bastante acentuada hacia una licenciosa vida lo que heredará de éste. La dulzura, el cariño, y el gran temperamento de su madre también estarán profundamente marcados en su modo de ser. Él mismo define la relación con su progenitora como una aventura de golpes y besos. En esta relación amor-odio, ella será la única capaz de entenderlo, como afirmará él mismo. 


Además de sufrir mucho por el frío en sus huesos, su vida quedará marcada por una deformidad en el pie derecho (tenía los dedos hacia adentro). Él siempre pensó que ello era debido a la negativa de su madre a la asistencia médica en el parto, pero ello jamás le detuvo en su ansia para seguir adelante. Tenemos aquí otro claro ejemplo de superación, y de la necesidad de creer en uno mismo y en la capacidad de que se pueden vencer todos los obstáculos por mucho que los demás o el mundo, se obstinen en que esto no pueda ser así. Su padre estaba convencido de que no volvería a andar, pero éste se rebeló contra tal pensamiento, aprendiendo a correr antes que a caminar, y presumiendo de hacerlo más rápido que los demás. Las cualidades a las que hemos aludido en el comienzo, sumadas a sus elegantes y aprendidos modales, hacen que su cojera quede aparentemente disimulada, confundiéndose con una peculiar manera de andar. La burla de los demás se convertiría en su mayor afán de superación.

Por hoy, lo dejamos aquí. Veamos algunos de sus poemas:


Acuérdate de mí

Llora en silencio mi alma solitaria,
excepto cuando está mi corazón
unido al tuyo en celestial alianza
de mutuo suspirar y mutuo amor.

Es la llama de mi alma cual lumbrera,
que brilla en el recinto sepulcral:
casi extinta, invisible, pero eterna...
ni la muerte la puede aniquilar.

¡Acuérdate de mí!... Cerca a mi tumba
no pases, no, sin darme una oración;
para mi alma no habrá mayor tortura
que el saber que olvidaste mi dolor.

Oye mi última voz. No es un delito
rogar por los que fueron. Yo jamás
te pedí nada: al expirar te exijo
que vengas a mi tumba a sollozar.
(Versión de Enrique Álvarez Bonilla)




♠ ♠ ♠




La partida

¡Todo acabó! La vela temblorosa
se despliega a la brisa del mar,
y yo dejo esta playa cariñosa
en donde queda la mujer hermosa,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.
Si pudiera ser hoy lo que antes era,
y mi frente abatida reclinar
en ese seno que por mí latiera,
quizá no abandonara esta ribera
y a la sola mujer que puedo amar.

Yo no he visto hace tiempo aquellos ojos
que fueron mi contento y mi pesar;
loa amo, a pesar de sus enojos,
pero abandono Albión, tierra de abrojos,
y a la sola mujer que puedo amar.
Y rompiendo las olas de los mares,
a tierra extraña, patria iré a buscar;
mas no hallaré consuelo a mis pesares,
y pensaré desde extranjeros lares
en la sola mujer que puedo amar.

Como una viuda tórtola doliente
mi corazón abandonado está,
porque en medio de la turba indiferente
jamás encuentro la mirada ardiente
de la sola mujer que puedo amar.
Jamás el infeliz halla consuelo
ausente del amor y la amistad,
y yo, proscrito en extranjero suelo,
remedio no hallaré para mi duelo
lejos de la mujer que puedo amar.
Mujeres más hermosas he encontrado,
mas no han hecho mi seno palpitar,
que el corazón ya estaba consagrado
a la fe de otro objeto idolatrado,
a la sola mujer que puedo amar.
Adiós, en fin. Oculto en mi retiro,
en el ausente nadie ha de pensar;
ni un solo recuerdo, ni un suspiro
me dará la mujer por quien deliro,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

Comparando el pasado y el presente,
el corazón se rompe de pesar,
pero yo sufro con serena  frente
y mi pecho palpita eternamente
por la sola mujer que puedo amar.
Su nombre es un secreto de mi vida
que el mundo para siempre ignorará,
y la causa fatal de mi partida
la sabrá sólo la mujer querida,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

¡Adiós!..Quisiera verla... mas me acuerdo
que todo para siempre va a acabar;
la patria y el amor, todo lo pierdo...
pero llevo el dulcísimo recuerdo
de la sola mujer que puedo amar.
¡Todo acabó! La vela temblorosa
se despliega a la brisa del mar,
y yo dejo esta playa cariñosa
en donde queda la mujer hermosa,
¡ay!, la sola mujer que puedo amar.

(Versión de Ismael Enrique Arciniegas)


♠ ♠ ♠


 Camina bella, como la noche...


Camina bella, como la noche
de climas despejados y de cielos estrellados,
y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz
resplandece en su aspecto y en sus ojos,
enriquecida así por esa tierna luz
que el cielo niega al vulgar día.

Una sombra de más, un rayo de menos,
hubieran mermado la gracia inefable
que se agita en cada trenza suya de negro brillo,
o ilumina suavemente su rostro,
donde dulces pensamientos expresan
cuán pura, cuán adorable es su morada.

Y en esa mejilla, y sobre esa frente,
son tan suaves, tan tranquilas, y a la vez elocuentes,
las sonrisas que vencen, los matices que iluminan
y hablan de días vividos con felicidad.
Una mente en paz con todo,
¡un corazón con inocente amor!






miércoles, 16 de octubre de 2013

PABLO NERUDA (2)




http://youtu.be/SxVATiEoO4g




TUS MANOS

Cuando tus manos salen,
y amor, hacia las mías,
qué me traen volando?
Por qué se detuvieron en mi boca,
de pronto,
por qué las reconozco
como si entonces antes,
las hubiera tocado,
como si antes de ser
hubieran recorrido
mi frente, mi cintura?

Su suavidad venía
volando sobre el tiempo,
sobre el mar, sobre el humo,
sobre la primavera,
y cuando tú pusiste
tus manos en mi pecho,
reconocí esas alas
de paloma dorada,
reconocí esa greda
y ese color de trigo.

Los años de mi vida
yo caminé buscándolas.
Subí las escaleras,
crucé los arrecifes,
me llevaron los trenes,
las aguas me trajeron,
y en la piel de las uvas
me pareció tocarte.
La madera de pronto
me trajo tu contacto,
la almendra me anunciaba
tu suavidad secreta,
hasta que se cerraron
tus manos en mi pecho
y allí como dos alas
terminaron su viaje.









Buenas noches,

Parece que el destino no me deja publicar mis entradas; el lunes pasado debido a  problemas de la página, y esta semana porque mi maravilloso ordenador es un imán de virus...En fin, también parece que el destino ha querido que hable un año después de este escritor. Al ver de quién podría hablar esta vez, se me ocurrió Pablo Neruda. Fijándome en cuándo me referí a él por primera vez, vi que fue exactamente el domingo catorce de octubre del año pasado y, si mi ordenador me lo hubiese permitido, hubiera publicado esta entrada el lunes catorce también. Espero que estos problemas técnicos se me vayan resolviendo (con la inestimable ayuda de mi cuñado, sin lo cual , he de decirlo, no sería posible).

Metiéndonos ya en materia, hoy no voy a hablar de su biografía. Ya lo hice en la primera entrada y lo seguiré haciendo en las próximas.
 En algunas ocasiones, no se puede acceder directamente al link. Tendréis que copiar y pegar en la barra de herramientas para escucharlo.

Os dejo con dos de  sus maravillosos poemas:






Aquí te amo.
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose.

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.
Solo.
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto.
Aquí te amo.

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.

Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento,
quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.




http://youtu.be/y_s0Gs1_cFw



TU RISA

Quítame el pan, si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.
No me quites la rosa,
la lanza que desgranas,
el agua que de pronto
estalla en tu alegría,
la repentina ola
de plata que te nace.
Mi lucha es dura y vuelvo
con los ojos cansados
a veces de haber visto
la tierra que no cambia,
pero al entrar tu risa
sube al cielo buscándome
y abre para mí todas
las puertas de la vida.
Amor mío, en la hora
más oscura desgrana
tu risa, y si de pronto
ves que mi sangre mancha
las piedras de la calle,
ríe, por que tu risa
será para mis manos
como una espada fresca.
Junto al mar en otoño,
tu risa debe alzar
su cascada de espuma,
y en primavera, amor,
quiero tu risa como
la flor que yo esperaba,
la flor azul, la rosa
de mi patria sonora.
Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.






Sin palabras… (Se nota que es uno de mis poetas preferidos…)





¡Hasta la semana que viene!



martes, 8 de octubre de 2013

HORACIO QUIROGA (1)

Antes de nada, perdonad por el retraso. Han hecho cambios en blogger, y no podía publicar. Ni siquiera puedo poner fotos; intentaré solucionarlo...un beso, y vamos con la entrada de hoy:


HORACIO QUIROGA nació y murió en Uruguay (Salto ,1878- Buenos Aires 1936) Se trata del principal precursor del cuento moderno en Hispanoamérica y se le conoce como el padre de todos los narradores modernos de nuestros países de habla hispana. Además de cuentista, fue poeta y dramaturgo.
Hoy vamos a ver “A la deriva”. Su prosa es modernista y naturalista, y se caracteriza por la brevedad de sus relatos, que suelen retratar los aspectos más tremendos de la naturaleza, como lo vamos a ver en el cuento de hoy. Ello hace que se le haya comparado con el gran Allan Poe.
Su vida queda señalado por desgracias que no supera. Vive en su país hasta sus veintitrés años, tras los cuales decide emigrar a Argentina, a causa de matar de una manera accidental a su mejor amigo. Allí se establece, contrayendo dos veces matrimonio, teniendo tres hijos, y escribiendo prácticamente la totalidad de su obra. La selva y el territorio de Misiones serán un contenido fundamental en sus escritos.
Con 58 años de edad decide poner fin a su vida bebiendo cianuro en un hospital de Buenos Aires al recibir la noticia de un cáncer de próstata.


A LA DERIVA



El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.


El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

—¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
—¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
—¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
—¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
—Bueno; ésto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú. El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.









La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
—¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
—¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.








El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.


Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente. De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
—Un jueves...
Y cesó de respirar.






domingo, 29 de septiembre de 2013

MARIO BENEDETTI (2)










Hola a todos; espero que hayáis pasado un buen veranito. Volvemos a la carga, con las pilas recargadas (espero) y otro otoño por delante. Da pena que se acabe el verano, pero siempre he pensado que la vida sin cambios de estación sería aburrida. Todas las estaciones tienen su encanto; el otoño, por la caída de sus hojas, los tonos amarillentos de sus paisajes, el frescor que empieza a aparecer, pero que aún se solventa con una chaqueta; los días, que empiezan a ser más cortos, y nuestra vida pasada que, por el contrario, se alarga.
Hace un año justo que inauguré el blog; aunque me parezca mentira que haya pasado ya un año... Lo abrí con el maravilloso Mario Benedetti, así que hoy volveré a hablar de él.

El 1 de Octubre vimos “No te salves” y “No te rindas”: Impresionantes; todos sus poemas lo son. Al comienzo hemos escuchado“A la izquierda del roble”. Veamos ahora  “Sólo mientras tanto” y  “Te quiero.” 

En la próxima entrada veremos un poquito de su biografía. ¡Besos y hasta la semana que viene!



Sólo mientras tanto


Vuelves, día de siempre,
rompiendo el aire justamente donde
el aire había crecido como muros.

Pero nos iluminas brutalmente
y en la sencilla náusea de tu claridad
sabemos cuándo se nos caerán los ojos,
el corazón, la piel de los recuerdos.

Claro, mientras tanto
hay oraciones, hay pétalos, hay ríos,
hay la ternura como un viento húmedo.
Sólo mientras tanto.








Te quiero

Tus manos son mi caricia 
mis acordes cotidianos 
te quiero porque tus manos 
trabajan por la justicia 

si te quiero es porque sos 
mi amor mi cómplice y todo 
y en la calle codo a codo 
somos mucho más que dos 

tus ojos son mi conjuro 
contra la mala jornada 
te quiero por tu mirada 
que mira y siembra futuro 

tu boca que es tuya y mía 
tu boca no se equivoca 
te quiero porque tu boca 
sabe gritar rebeldía 

si te quiero es porque sos 
mi amor mi cómplice y todo 
y en la calle codo a codo 
somos mucho más que dos 

y por tu rostro sincero 
y tu paso vagabundo 
y tu llanto por el mundo 
porque sos pueblo te quiero 

y porque amor no es aureola 
ni cándida moraleja 
y porque somos pareja 
que sabe que no está sola 

te quiero en mi paraíso 
es decir que en mi país 
la gente viva feliz 
aunque no tenga permiso 

si te quiero es porque sos 
mi amor mi cómplice y todo 
y en la calle codo a codo 
somos mucho más que dos.





domingo, 18 de agosto de 2013

JORGE BUCAY (2)




Jorge Bucay nació en el barrio de Floresta, Buenos Aires, el 30 de octubre de 1949. Es escritor, terapeuta gestáltico y psicodramatista.

En 1973 se gradúa como profesor en la misma Universidad de Buenos Aires y se especializa en enfermedades mentales en el servicio de Interconsulta del Hospital Pirovano de Buenos Aires y en la Clínica Santa Mónica del partido bonaerense de Vicente López, completando su formación como terapeuta en Chile y en Estados Unidos.
Me encanta Jorge Bucay, porque tiene cuentos que ayudan a superarse en todos los aspectos humanos. Hay muchos grandes psicólogos, miles de libros de autoayuda, pero creo que él tiene una forma particular de enseñar a través de la literatura, y ello hace que ejerza un gran poder en quien lo lee. Aparte de su gran formación, parece que su misma vida le ha enseñado a la manera de acercarse a las personas y ayudarlas a seguir. Fue vendedor ambulante de calcetines, de libros, de ropa, agente de seguros, taxista, payaso, almacenero, educador, actor, médico de guardia, animador de fiestas infantiles, psiquiatra, coordinador de grupos, columnista de radio, conductor de televisión y psicoterapeuta de parejas y adultos. Debemos darle gracias por todo lo que ha escrito y por todo lo que le queda por hacer.

Os dejo con dos de sus textos. Espero que os gusten. Me despido hasta el lunes 16 de Septiembre.
Qué disfrutéis lo que queda del verano.







¿CÓMO CRECER?


Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo .El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el pino. Volviéndose al pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la vid. Y la vid se moría porque no podía florecer como la rosa. La rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una fresia, floreciendo y más fresca que nunca .El rey preguntó:
¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío? No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresias. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: "Intentaré ser Fresia de la mejor manera que pueda".Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a vos mismo .No hay posibilidad de que seas otra persona .Podes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por vos, o podes marchitarte en tu propia condena...







ANIMARSE A VOLAR


..Y cuando se hizo grande, su padre le dijo:
-Hijo mío, no todos nacen con alas. Y si bien es cierto que no tienes obligación de volar, opino que sería penoso que te limitaras a caminar teniendo las alas que el buen Dios te ha dado.
-Pero yo no sé volar – contestó el hijo.
-Ven – dijo el padre.
Lo tomó de la mano y caminando lo llevó al borde del abismo en la montaña.
-Ves hijo, éste es el vacío. Cuando quieras podrás volar. Sólo debes pararte aquí, respirar profundo, y saltar al abismo. Una vez en el aire extenderás las alas y volarás...
El hijo dudó.
-¿Y si me caigo?
-Aunque te caigas no morirás, sólo algunos machucones que harán más fuerte para el siguiente intento –contestó el padre.
El hijo volvió al pueblo, a sus amigos, a sus padres, a sus compañeros con los que había caminado toda su vida.
Los más pequeños de mente dijeron:
-¿Estás loco?
-¿Para qué?
-Tu padre está delirando...
-¿Qué vas a buscar volando?
-¿Por qué no te dejas de pavadas?
-Y además, ¿quién necesita?
Los más lúcidos también sentían miedo:
-¿Será cierto?
-¿No será peligroso?
Los más lúcidos también sentían miedo:
-¿Será cierto? 
-¿No será peligroso?
-¿Por qué no empiezas despacio? 
-En todo caso, prueba tirarte desde una escalera.
-...O desde la copa de un árbol, pero... ¿desde la cima? 

El joven escuchó el consejo de quienes lo querían.
Subió a la copa de un árbol y con coraje saltó... 
Desplegó sus alas. 
Las agitó en el aire con todas sus fuerzas... pero igual... se precipitó a tierra.

.. Con un gran chichón en la frente se cruzó con su padre: 
-¡Me mentiste! No puedo volar. Probé, y ¡mira el golpe que me di!. No soy como tú. Mis alas son de adorno... – lloriqueó. 
-Hijo mío – dijo el padre – Para volar hay que crear el espacio de aire libre necesario para que las alas se desplieguen. 
Es como tirarse en un paracaídas... necesitas cierta altura antes de saltar. 

Para aprender a volar siempre hay que empezar corriendo un riesgo.
Si uno quiere correr riesgos, lo mejor será resignarse y seguir caminando como siempre.



¿Y tú, a qué le tienes miedo?
¿Qué es lo que te impide lograr lo que deseas?
Recuerda que el principal obstáculo para lograr lo que deseamos, es nuestro propio miedo, pero siempre podemos vencerlo.
Valiente no es aquel que nunca tiene miedo, sino aquel que actúa a pesar de él.











lunes, 12 de agosto de 2013

JORGE BUCAY (I)



EL TEMIDO ENEMIGO 



La idea de este cuento llegó a mí escuchando un relato de Enrique Mariscal. Me permití, partir de allí prolongar el cuento transformarlo en otra historia con otro mensaje y otro sentido. Así como está ahora se lo regalé una tarde a mi amigo Norbi.

Había una vez, en un reino muy lejano y perdido, un rey al que le gustaba sentirse poderoso. Su deseo de poder no se satisfacía sólo con tenerlo, él necesitaba además, que todos lo admiraran por ser poderoso, así como la madrastra de Blanca Nieves no le alcanzaba con verse bella, también él necesitaba mirarse en un espejo que le dijera lo poderoso que era.
Él no tenía espejos mágicos, pero contaba con un montón de cortesanos y sirvientes a su alrededor a quienes preguntarle si él, era el más poderoso del reino.

Invariablemente todos le decían lo mismo:

-Alteza, eres muy poderoso, pero tú sabes que el mago tiene un poder que nadie posee: Él, él conoce el futuro.(En aquel tiempo, alquimistas, filósofos, pensadores , religiosos y místicos eran llamados, genéricamente “magos”).

El rey estaba muy celoso del mago del reino pues aquel no sólo tenía fama de ser un hombre muy bueno y generoso, sino que además, el pueblo entero lo amaba, lo admiraba y festejaba que él existiera y viviera allí. No decían lo mismo del rey. Quizás porque necesitaba demostrar que era él quien mandaba, el rey no era justo, ni ecuánime, y mucho menos bondadoso.

Un día, cansado de que la gente le contara lo poderoso y querido que era el mago o motivado por esa mezcla de celos y temores que genera la envidia, el rey urdió un plan: organizaría una gran fiesta a la cual invitaría al mago y después la cena, pediría  la atención de todos. Llamaría al mago al centro del salón y delante de los cortesanos, le preguntaría si era cierto que sabía leer el futuro. El invitado, tendría dos posibilidades: decir que no, defraudando así la admiración de los demás, o decir que sí, confirmando el motivo de su fama. El rey estaba seguro de que escogería la segunda posibilidad. Entonces, le pediría que le dijera la fecha en la que el mago del reino iba a morir. Éste daría una respuesta, un día cualquiera, no importaba cuál. En ese mismo momento, planeaba el rey, sacar su espada y matarlo. Conseguiría con esto dos cosas de un solo golpe: la primera, deshacerse de su enemigo para siempre; la segunda, demostrar que el mago no había podido adelantarse al futuro, y que se había equivocado en su predicción. Se acabaría, en una sola noche. El mago y el mito de sus poderes...




Los preparativos se iniciaron enseguida, y muy pronto el día del festejo llegó... Después de la gran cena. El rey hizo pasar al mago al centro y ante el silencio de todos le preguntó:
- ¿Es cierto que puedes leer el futuro?
- Un poco – dijo el mago.
- ¿Y puedes leer tu propio futuro, preguntó el rey?
- Un poco – dijo el mago.
- Entonces quiero que me des una prueba - dijo el rey -¿Qué día morirás?. ¿Cuál es la fecha de tu muerte?
El mago se sonrió, lo miró a los ojos y no contestó.
- ¿Qué pasa mago? - dijo el rey sonriente -¿No lo sabes?... ¿no es cierto que puedes ver el futuro?
- No es eso - dijo el mago - pero lo que sé, no me animo a decírtelo.
- ¿Cómo que no te animas?- dijo el rey-... Yo soy tu soberano y te ordeno que me lo digas. Debes darte cuenta de que es muy importante para el reino, saber cuando perdemos a sus personajes más eminentes... Contéstame pues, ¿cuándo morirá el mago del reino?
Luego de un tenso silencio, el mago lo miró y dijo:
- No puedo precisarte la fecha, pero sé que el mago morirá exactamente un día antes que el rey...
Durante unos instantes, el tiempo se congeló. Un murmullo corrió por entre los invitados. El rey siempre había dicho que no creía en los magos ni en las adivinaciones, pero lo cierto es que no se animó a matar al mago. Lentamente el soberano bajó los brazos y se quedó en silencio... Los pensamientos se agolpaban en su cabeza. Se dio cuenta de que se había equivocado. Su odio había sido el peor consejero.

- Alteza, te has puesto pálido. ¿Qué te sucede? – preguntó el invitado.
- Me siento mal - contestó el monarca – voy a ir a mi cuarto, te agradezco que hayas venido. Y con un gesto confuso giró en silencio encaminándose a sus habitaciones... El mago era astuto, había dado la única respuesta que evitaría su muerte. ¿Habría leído su mente? La predicción no podía ser cierta. Pero... ¿Y si lo fuera?... Estaba aturdido. Se le ocurrió que sería trágico que le pasara algo al mago camino a su casa. El rey volvió sobre sus pasos, y dijo en voz alta:
- Mago, eres famoso en el reino por tu sabiduría, te ruego que pases esta noche en el palacio pues debo consultarte por la mañana sobre algunas decisiones reales.
- ¡Majestad! Será un gran honor... – dijo el invitado con una reverencia.


El rey dio órdenes a sus guardias personales para que acompañaran al mago hasta las habitaciones de huéspedes en el palacio y para que custodiasen su puerta asegurándose de que nada pasara... Esa noche el soberano no pudo conciliar el sueño. Estuvo muy inquieto pensando qué pasaría si el mago le hubiera caído mal la comida, o si se hubiera hecho daño accidentalmente durante la noche, o si, simplemente, le hubiera llegado su hora. Bien temprano en la mañana el rey golpeó en las habitaciones de su invitado. Él nunca en su vida había pensado en consultar ninguna de sus decisiones, pero esta vez, en cuánto el mago lo recibió, hizo la pregunta... necesitaba una excusa. Y el mago, que era un sabio, le dio una respuesta correcta, creativa y justa. El rey, casi sin escuchar la respuesta alabó a su huésped por su inteligencia y le pidió que se quedara un día más, supuestamente, para “consultarle” otro asunto... (Obviamente, el rey sólo quería asegurarse de que nada le pasara). El mago – que gozaba de la libertad que sólo conquistan los iluminados –aceptó... Desde entonces todos los días, por la mañana o por la tarde, el rey iba hasta las habitaciones del mago para consultarlo y lo comprometía para una nueva consulta al día siguiente. No pasó mucho tiempo antes de que el rey se diera cuenta de que los consejos de su nuevo asesor eran siempre acertados y terminara, casi sin notarlo, teniéndolos  en cuenta en cada una de las decisiones. Pasaron los meses y luego los años. Y como siempre... estar cerca del que sabe vuelve el que no sabe, más sabio. Así fue: el rey poco a poco se fue volviendo más y más justo. Ya no era despótico ni autoritario. Dejó de necesitar sentirse poderoso, y seguramente por ello dejó de necesitar demostrar su poder.





Empezó a aprender que la humildad también podía ser ventajosa empezó a
reinar de una manera más sabia y bondadosa. Y sucedió que su pueblo empezó a quererlo, como nunca lo había querido antes. El rey ya no iba a ver al mago investigando por su salud, iba realmente para aprender, para compartir una decisión o simplemente para charlar, porque el rey y el mago habían llegado a ser excelentes amigos. Un día, a más de cuatro años de aquella cena, y sin motivo, el rey recordó.
Recordó aquel plan que alguna vez urdió para matar a este su entonces más odiado enemigo Y sé dio cuenta que no podía seguir manteniendo este secreto sin sentirse un hipócrita. El rey tomó coraje y fue hasta la habitación del mago. Golpeó la puerta y apenas entró le dijo:
- Hermano, tengo algo que contarte que me oprime el pecho - Dime – dijo el mago – y alivia tu corazón.
- Aquella noche, cuando te invité a cenar y te pregunté sobre tu muerte, yo no quería en realidad saber sobre tu futuro, planeaba matarte y frente a cualquier cosa que me dijeras, porque quería que tu muerte inesperada desmitificara para siempre tu fama de adivino. Te odiaba porque todos te amaban... Estoy tan avergonzado...
- Aquella noche no me animé a matarte y ahora que somos amigos, y más que amigos, hermanos, me aterra pensar lo que hubiera perdido si lo hubiese hecho.
Hoy he sentido que no puedo seguir ocultándote mi infamia.
Necesité decirte todo esto para que tú me perdones o me desprecies, pero sin ocultamientos.
El mago lo miró y le dijo:

- Has tardado mucho tiempo en poder decírmelo. Pero de todas maneras, me alegra, me alegra que lo hayas hecho, porque esto es lo único que me permitirá decirte que ya lo sabía. Cuando me hiciste la pregunta y bajaste tu mano sobre el puño de tu espada, fue tan clara tu intención, que no hacía falta adivino para darse cuenta de lo que pensabas hacer, - el mago sonrió y puso su mano en el hombro del rey. – Como justo pago a tu sinceridad, debo decirte que yo también te mentí... Te confieso hoy que inventé esa absurda historia de mi muerte antes de la tuya para darte una lección. Una lección que recién hoy estás en condiciones de aprender, quizás la más importante cosa que yo
te haya enseñado nunca.

Vamos por el mundo odiando y rechazando aspectos de los otros y hasta de nosotros mismos que creemos despreciables, amenazantes o inútiles... y sin embargo, si nos damos tiempo, terminaremos dándonos cuenta de lo mucho que nos costaría vivir sin aquellas cosas que en un momento rechazamos. Tu muerte, querido amigo, llegará justo, justo el día de tu muerte, y ni un minuto antes. Es importante que sepas que yo estoy viejo, y que mi día seguramente se acerca. No hay ninguna razón para pensar que tu partida deba estar atada a la mía. Son nuestras vidas las que se han ligado, no nuestras muertes. El rey y el mago se abrazaron y festejaron brindando por la confianza que cada uno sentí en esta relación que habían sabido construir juntos... Cuenta la leyenda... que misteriosamente... esa misma noche... el mago... murió durante el sueño. El rey se enteró de la mala noticia a la mañana siguiente... y se sintió desolado.

No estaba angustiado por la idea de su propia muerte, había aprendido del mago a desapegarse hasta de su permanencia en el mundo. Estaba triste, simplemente por la muerte de su amigo. ¿Qué coincidencia extraña había hecho que el rey pudiera contarle esto al mago justo la noche anterior a su muerte? Tal vez, tal vez de alguna manera desconocida el mago había hecho que él pudiera decirle esto para quitarle su fantasía de morirse un día después. Un último acto de amor para librarlo de sus temores de otros tiempos...

Cuentan que el rey se levantó y que con sus propias manos cavó en el jardín, bajo su ventana, una tumba para su amigo, el mago. Enterró allí su cuerpo y el resto del día se quedó al lado del montículo de tierra, llorando como se llora ante la pérdida de los seres queridos. Y recién entrada la noche, el rey volvió a su habitación. Cuenta la leyenda... que esa misma noche... veinticuatro horas después de la muerte del mago, el rey murió en su lecho mientras dormía... quizás de casualidad... quizás de dolor... quizás para confirmar la última enseñanza del maestro.

lunes, 5 de agosto de 2013

LA CURVA DEL DOLOR








 Hay miles de autores, miles de obras, miles de poemas, y sin embargo a veces está llegando el lunes y me pregunto de qué puedo hablar. En ocasiones tengo muy claro que comentaré en la siguiente entrada, y en otras no se me ocurre nada hasta momentos antes. Pero nunca llega el día sin que haya tenido una señal de algo y me inspire para escribir sobre ese algo. Hay gente que no cree en las señales; yo sí lo hago, y suelo acertar; normalmente mis intuiciones me guían más que la razón, aunque a veces me equivoque. He creído en ellas desde que tengo uso de razón, y seguiré creyendo en ellas  hasta que me muera. Son ellas las que siempre me han ayudado a seguir adelante, las que me han dado la energía que a veces me falta y las que me han mostrado que nada es casual en esta vida: ni el sufrimiento, ni la espera, ni el dolor, ni  la amargura. Todo está relacionado, pero creo que no nos damos cuenta hasta que  realmente queremos darnos cuenta. O quizás, no nos damos cuenta en un momento determinado porque ese momento tenemos que vivirlo para después mirar atrás y ver que todo en la vida sirve, y que siempre puede suceder algo que nos haga resurgir.

Estaba ordenando, y encontré algo que guardé hace años, que he vuelto a releer, y que me ha encantado. Es un artículo de la periodista Mariana Jara.
Espero que os guste.


LA CURVA DEL DOLOR


¿Quién sabe dónde se va el amor cuando desaparece? Hubo un tiempo, hace siglos, o así me lo parece, en que no hice planes más allá de una cena, un beso o una canción y entregué sin miedo mi corazón. Sólo que esa vez salió todo mal y terminó en dolor. Aun así, a pesar de todo y de nada, luego de un largo y difícil camino me invadió una sensación de tranquilidad. y aunque sufrí, también resurgí, renací y sobre todo crecí.

Al principio del final, todo fue caos y parecía que el corazón se desgarraba de dolor. Todo por lo que en algún momento aposté, lo perdí. Y llore muchas lágrimas amargas, pero tuve suerte, porque justo en el momento en que creía que me ahogaba en el sufrimiento alguien me sopló al oído una vieja y sabia frase: "Lo que no te mata te fortalece". Y aunque en el fondo de mi piel parecía imposible la redención, el tiempo todo lo pone en su lugar. Así que con esfuerzo y con mucha voluntad, al principio, aparqué el dolor, pero a éste le sobrevino una nueva sensación. Una indolente tristeza, efecto de los sueños rotos, las ilusiones que quedaron pendientes y las palabras que no supieron sobrevivirle al silencio. Entonces, otro duende mágico me señaló el camino y me consoló diciéndome: "a veces nos toca ganar y otras perder, nada es definitivo en esta vida. lo importante no es la duración, sino la intensidad, el atreverse a vivir, a sentir y sobre todo -me recalcó- a entregar amor". Entonces me quedé tranquila por todo lo que había regalado.

Hoy ese oleaje perturbador ha desaparecido de mi corazón y a esa tristeza contenida ha dado paso finalmente a una cómoda y dulce tranquilidad. Fue entonces, durante esa calma, cuando pude guardar las fotos que todavía tenía pegadas en la retina y fue, por primera vez, capaz de preguntarme con verdadera ansiedad cuáles serían las próximas.
 Y aunque me invadió la melancolía, ya no tenía aroma a desesperación, porque entendía el valor de una despedida a tiempo y aunque en una primera mirada pueden parecer tremendamente desgarradoras también resultan reconfortantes al saber que se quedarán pegadas a tu piel como promesa para mejores intentos.

Guardé pensativa el cariño en el baúl de los recuerdos, no sin antes volver a mirar esos ojos que me observaban fijamente desde un papel, pero no encontré la intensidad que antes reflejaban e intenté llamar a esas lágrimas de sal que tantas noches me acompañaron. Sin embargo, aunque algunas se asomaron, ya no tenían ese sabor. Entonces pensé que tal vez me había endurecido demasiado, porque mi corazón ya abría esa cerradura. Busqué largamente la razón del desamor y me di de bruces con la realidad y, por ello, también con la decepción que fue carcomiendo el amor. Y concluí que tal vez el amor no se va a ninguna parte, simplemente se evapora, de forma mágica y extraña, de la misma forma en que nació, etéreo, intangible y juguetón.

Hoy cada día empieza de forma diferente y los momentos pasan suaves y ya no duelen. Ahora empiezo a escuchar nuevas risas y nuevas historias por hacer. Vuelven a surgir estrellas y vuelvo a peinar mi vida con ilusión, no es un camino fácil. Seguro que no, pero es parte de un gran aprendizaje.