domingo, 30 de marzo de 2014

LA REBELIÓN DE LAS MASAS. José Ortega y Gasset. (I)






“Este libro --suponiendo que sea un libro—data…Comenzó a publicarse en un diario madrileño en 1926, y el asunto de que trata es demasiado humano para que no le afecte demasiado el tiempo”




LA  REBELIÓN DE LAS MASAS


Hoy vamos a ver un poco de “La rebelión de las masas”, de Ortega y Gasset. Me lo regaló mi tía por mi cumpleaños, y la verdad es que lo poco que llevo leído me ha parecido muy interesante (por cierto, me ha encantado la dedicatoria, gracias…)

En el Prólogo para franceses habla de algo que creo que nos ocurre a todos nosotros: la incapacidad de decir todo lo que queremos decir a través de la palabra. Sabemos lo difícil que es expresar, casi siempre, lo que sentimos, lo que pensamos…por ello nos parecen mágicos los poetas: porque son capaces, muchas veces, de expresar todo de manera que sentimos que lo que se ha dicho es, nada más y nada menos, que lo que se pretendía decir.





Sin más, transcribo lo que me ha parecido más interesante de este capítulo:


Lo de menos es que el lenguaje sirva también para ocultar nuestros pensamientos, para mentir. La mentira sería imposible si el hablar primario y normal no fuera sincero. La moneda falsa circula sostenida por la moneda sana. A la postre, el engaño resulta ser un humilde parásito de la ingenuidad. No; lo más peligroso de aquella definición es la añadidura optimista con que solemos escucharla. Porque ella misma no nos asegura que mediante el lenguaje podamos manifestar, con suficiente  adecuación, todos nuestros pensamientos. No se compromete a tanto, pero tampoco nos hace ver francamente la verdad estricta: que siendo al hombre imposible entenderse con sus semejantes, estando condenado a radical soledad, se extenúa en esfuerzos por llegar al prójimo. De estos esfuerzos es el lenguaje quien consigue a veces declarar con mayor aproximación algunas de las cosas que nos pasan dentro. Nada más. Pero de ordinario, no usamos estas reservas. Al contrario, cuando el hombre se pone a hablar lo hace porque  cree que va a poder decir cuanto piensa. Pues bien, esto es lo ilusorio. El lenguaje no da para tanto. Dice, poco más o menos, una parte de lo que pensamos y pone una valla infranqueable a la transfusión del resto…Dóciles al prejuicio inveterado de que hablando  nos entendemos, decimos y escuchamos tan de buena fe que acabamos muchas veces por malentendernos mucho más que si, mudos, procurásemos adivinarnos.

…Por eso yo creo que un libro sólo es bueno en la medida en que nos trae un diálogo latente, en que sentimos que el autor sabe imaginar concretamente a su lector y éste percibe como si de entre las líneas saliese una mano ectoplásmica que palpa su persona, que quiere acariciarla –o bien muy cortésmente, darle un puñetazo. Se ha abusado de la palabra y por eso ha caído en desprestigio. Como en tantas otras cosas ha consistido aquí el abuso en el uso sin precauciones, sin conciencia de la limitación del instrumento. Desde hace casi dos siglos se ha creído que hablar era hablar urbi et orbi, es decir, a todo el mundo y a nadie. Yo detesto esta manera de hablar y sufro cuando no sé concretamente a quién hablo.

En las notas de este primer capítulo se dice que los temas habituales de los escritos de Ortega son el carácter utópico e ilusorio del habla y el lenguaje, la imposibilidad de una comunicación plena, o la idea de que “el habla se compone todo de silencios”. Dice también en diferentes de sus obras cosas como: “Hablar es una faena ilusoria y utópica “ o que “ el  lenguaje es un utensilio tosquísimo que no cumple lo que promete…hablar es casi siempre no entenderse, intento que es fracaso de sí mismo, utópico afán.”

“Hablar es una faena ilusoria y utópica, que no se logra nunca suficientemente –esto es, que lo que ingenuamente nos proponemos cuando hablamos, a saber, comunicar a los prójimos nuestros pensamientos, no lo conseguimos nunca por completo. Es el sino inevitable de todo lo verdaderamente humano que el hombre hace, mejor dicho, que el hombre intenta hacer Porque todo lo propiamente humano que el hombre se propone es, por esencia, imposible”

“Todo esto es lo que expreso diciendo una perogrullada, tan grande como fecunda, a saber: que mi vida es intransferible, que cada cual vive por sí solo –o lo que es igual, que vida es soledad, radical soledad. Y, sin embargo, o por lo mismo, hay en la vida un afán indecible de compañía, de sociedad, de convivencia”








“La soledad radical de la vida humana, el ser del hombre, no consiste, pues, en que no haya realmente más que él. Todo lo contrario: hay nada menos que el universo con todo su contenido”

lunes, 3 de marzo de 2014

Una lágrima y una sonrisa. Khalil Gibran (I)





“No eres sino un fragmento de tu gigantesco ser; una mano que busca el pan y una mano ciega que sostiene la copa a una boca sedienta”






Una lágrima y una sonrisa


No cambiaría las penas de mi corazón por las alegrías de la multitud; ni haría que las lágrimas que la tristeza hace correr desde todas partes se conviertan en risa. Preferiría, más bien, que mi vida continuara siendo una lágrima y una sonrisa.

Una lágrima para purificar mi corazón y permitirme interpretar los secretos de la vida y sus cosas ocultas.

Una sonrisa para acercarme a los hijos de mi clase y para ser un símbolo de mi glorificación de los dioses.

Una lágrima para unirme con aquellos de corazón roto; una sonrisa para ser una señal de mi existente alegría.

Más bien prefiero morir con añoranza y anhelo que vivir cansado y desesperado.

Desearía que el hambre de amor y belleza estuviera en las profundidades de mi espíritu, porque  he visto a aquellos que están satisfechos ser las personas más desgraciadas.

He oído el suspiro de quienes tienen añoranza y anhelos, y es más dulce que la más dulce melodía.

Con la llegada de la tarde, la flor envuelve sus pétalos y duerme, abrazando su nostalgia. Al amanecer abre los labios para encontrarse con el beso del sol.

La vida de una flor es nostalgia y logros. Una lágrima y una sonrisa.

Las aguas del mar se evaporan, ascienden, se juntan y se convierten en una nube.

Y la nube flota por encima de las colinas y los valles hasta que se encuentra con la suave brisa, luego cae llorando sobre los campos y se une con los arroyos, que corren para regresar al mar, su hogar.

La vida de las nubes es una separación y un encuentro.
Una lágrima y una sonrisa.

Y así el espíritu se separa del espíritu mayor para moverse por el mundo material y pasar como una nube sobre la montaña del dolor y las llanuras de felicidad hasta juntarse con la brisa de la muerte y regresar de donde vino.

Al océano del amor y la belleza, a Dios.



De Una lágrima y una sonrisa, 1914

Khalil Gibran




♣ ♣ ♣

Una lágrima: es eso que humedece los ojos del mundo. Y que el mundo se empeña en ocultar. Es eso que nos tragamos tantas veces por soberbia, por orgullo, por demostrar fortaleza y queda atorada en la garganta, apretada en el corazón, comprimiéndonos todo. Es tan profunda, que no sabemos con certeza de donde nace, ni si podrá morir alguna vez.
A veces una lágrima: cicatriza una herida, lava una pena y ablanda.
Una lágrima: es un recuerdo, una angustia, una desesperación, una interrogante.
Una lágrima: puede ser a veces el comienzo del perdón, la primera luz de la rectificación que hace estrechar una mano.
Una lágrima: es a veces la gota mágica que hace cambiar por dentro cuando tenemos que pagar nuestra cuota de dolor, la lágrima ayuda. Cuando la derramamos en el corazón querido, o en la intimidad de la amistad, la lágrima une, estrecha, funde.
La lágrima: transforma, enseña, disuelve los rencores, las espinas, las malas hierbas que van creciendo en la amistad e impidiendo acercarse, abrazarse, comprenderse. La lágrima descubre. El que ignora tus motivos, no te conoce.

Lucas  6:21


domingo, 23 de febrero de 2014

EL RUISEÑOR Y LA ROSA. OSCAR WILDE.


Oscar Wilde


El ruiseñor y la rosa


      —Ella me prometió que bailaría conmigo si le llevaba rosas rojas —murmuró el Estudiante—; pero en todo el jardín no queda ni una sola rosa roja.
      El Ruiseñor le estaba escuchando desde su nido en la encina, y lo miraba a través de las hojas; al oír esto último, se sintió asombrado.
      —¡Ni una sola rosa roja en todo el jardín! —repitió el Estudiante con sus ojos llenos de lágrimas—. ¡Ay, es que la felicidad depende hasta de cosas tan pequeñas! Ya he estudiado todo lo que los sabios han escrito, conozco los secretos de la filosofía y sin embargo, soy desdichado por no tener una rosa roja.
      —Por fin tenemos aquí a un enamorado auténtico —se dijo el ruiseñor—. He estado cantándole noche tras noche, aunque no lo conozco; y noche tras noche le he contado su historia a las estrellas; y por fin lo veo ahora. Su cabello es oscuro como la flor del jacinto, y sus labios son tan rojos como la rosa que desea; pero la pasión ha hecho palidecer su rostro hasta dejarlo del color del marfil, y la tristeza ya le puso su marca en la frente.
      —El Príncipe da el baile mañana por la noche —seguía quejándose el Estudiante—, y allí estará mi amada. Si le llevo una rosa roja bailará conmigo hasta el amanecer. Si le llevo una rosa roja la estrecharé entre mis brazos, y ella apoyará su cabeza sobre mi hombro, y apoyará su mano en la mía. Pero como no hay ni una sola rosa roja en mi jardín, tendré que sentarme solo, y ella pasará bailando delante mío, sin siquiera mirarme y se me romperá el corazón.
      —Este sí que es un auténtico enamorado verdadero —seguía pensando el Ruiseñor—. Yo canto y él sufre; lo que para mí es alegría, para él es dolor. No cabe duda que el amor es una cosa admirable, más preciosa que las esmeraldas y más rara que los ópalos blancos. Ni con perlas ni con ungüentos se lo puede comprar, porque no se vende en los mercados. No se puede adquirir en el comercio ni pesar en las balanzas del oro.
      —Los músicos estarán sentados en su estrado —decía el Estudiante—, y harán surgir la música de sus instrumentos, y mi amada bailará al son del arpa y el violín. Ella bailará tan levemente, que sus pies casi no tocarán el suelo, y los cortesanos, con sus trajes fastuosos, formarán corro en torno suyo para admirarla. Pero conmigo no bailará, porque no tengo una rosa roja para darle.



      Y se arrojó sobre la hierba, y ocultando su rostro entre las manos, se puso a llorar amargamente.
      —¿Por qué está llorando? —preguntó una lagartija verde que pasaba frente a él con la cola al aire.
      —¿Sí, por qué? —murmuraba una margarita a su vecina, con voz dulce y tenue.
      —Está llorando por una rosa roja —explicó el Ruiseñor.
      —¿Por una rosa roja? —exclamaron las otras en coro. ¡Qué ridiculez!
      La lagartija, que era un poco cínica, se puso a reír a carcajadas. Sólo el Ruiseñor comprendía el secreto de la pena del Estudiante y, posado silenciosamente en la encina, meditaba sobre el misterio del amor.
      Por último, desplegó sus alas oscuras y se elevó en el aire. Cruzó como una sombra a través de la avenida, y como una sombra se deslizó por el jardín.
      En medio del prado había un magnífico rosal, y el Ruiseñor voló hasta posársele en una de sus ramas.
      —Necesito una rosa roja —le dijo. Dámela y yo te cantaré mi canción más dulce.
      Pero el rosal negó sacudiendo su ramaje.
      —Mis rosas son blancas —le contestó—, como la espuma del mar y más blancas que la nieve de la montaña. Pero ve donde mi hermana que crece al lado del viejo reloj de sol, y puede ser que ella te proporcione la flor que necesitas.
      El Ruiseñor voló hacia el gran rosal que crecía junto al viejo reloj de sol.
      —Dame una rosa roja —le dijo—, y te cantaré mi canción más dulce.
      Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
      —Mis rosas son amarillas —contestó—, tan amarillas como el cabello de la sirena que se sienta en un trono de ámbar, y más amarillas que el Narciso que florece en el prado. Pero anda a ver a mi hermano, que crece al pie de la ventana del Estudiante, y quizás él pueda darte la flor que necesitas.
      El Ruiseñor voló entonces hasta el viejo rosal que crecía al pie de la ventana del Estudiante.
      —Dame una rosa roja —le dijo—, y yo te cantaré mi canción más dulce.
      Pero el rosal negó sacudiendo su follaje.
      —Rojas son, en efecto, mis rosas —contestó—; tan rojas como las patas de las palomas, y más rojas que los abanicos de coral que relumbran en las cavernas del océano. Pero el invierno heló mis venas, y la escarcha marchitó mis capullos, y la tormenta rompió mis ramas y durante todo este año no tendré rosas rojas.
      —Una rosa roja es todo lo que necesito —exclamó el Ruiseñor—; ¡sólo una rosa roja! ¿No hay manera alguna de que la pueda obtener?
      —Hay una manera —contestó el rosal—, pero es tan terrible que no me atrevo a decírtela.
      —Dímela —repuso el Ruiseñor—. Yo no me asustaré.
      —Si quieres una rosa roja —dijo el rosal—, tienes que construirla con tu música, a la luz de la luna, y teñirla con la sangre de tu corazón. Debes cantar con tu pecho apoyado sobre una de mis espinas. Debes cantar toda la noche, hasta que la espina atraviese tu corazón y la sangre de tu vida fluirá en mis venas y se hará mía...


      —La propia muerte es un precio muy alto por una rosa roja —murmuró el Ruiseñor—, y la vida es dulce para todos. Es agradable detenerse en el bosque verde y ver al sol viajando en su carroza de oro y a la luna en su carroza de perlas. Es muy dulce el aroma del espino, y también son dulces las campanillas azules que crecen en el valle y los brezos que florecen en el collado. Sin embargo, el Amor es mejor que la vida, y, por último, ¿qué es el corazón de un ruiseñor comparado con el corazón de un hombre enamorado?
      Y, desplegando sus alas oscuras, el ruiseñor se elevó en el aire, cruzó por el jardín como una sombra, y como una sombra se deslizó a través de la avenida.
      El Estudiante seguía echado en la hierba, como lo había dejado; y las lágrimas no se secaban en sus anchos ojos.
      —¡Alégrate! —le gritó el Ruiseñor—. ¡Siéntete dichoso, porque tendrás tu rosa roja! Yo la construiré con mi música, a la luz de la luna, y la teñiré con la sangre de mi corazón. Lo único que pido en cambio, es que seas un verdadero amante, porque el Amor es más sabio que la Filosofía, por muy sabia que ésta sea, y es más poderoso que la Fuerza, por muy fuerte que ella sea. Las alas del Amor son llamas de mil tonalidades, y su cuerpo es del color del fuego. Sus labios son dulces como la miel, y su aliento es como la mirra silvestre.
      El Estudiante levantó la vista de la hierba y escuchó, pero no comprendió lo que decía el Ruiseñor, porque él sólo podía entender lo que estaba escrito en los libros.
      En cambio, la encina comprendió y se puso a balancear muy tristemente, porque sentía un hondo cariño por el pequeño Ruiseñor que había construido el nido en sus ramajes.
      —Cántame, por favor, una última canción —le susurró la encina—, porque voy a sentirme muy sola cuando te hayas ido.
      Y el Ruiseñor cantó para la encina, y su voz era como el agua que cae de una jarra de plata.
      Cuando terminó la canción del Ruiseñor, se levantó el Estudiante y sacó del bolsillo un cuadernito y un lápiz.

      —He de admitir que ese pájaro tiene estilo —se dijo a sí mismo caminando por la alameda—, eso no puede negarse; pero ¿acaso siente lo que canta? Temo que no, debe ser como tantos artistas, puro estilo y nada de sinceridad. Jamás se sacrificaría por alguien, piensa solamente en música y ya se sabe que el arte es egoísta. Sin embargo, debo reconocer que su voz da notas muy bellas. ¡Lástima que no signifiquen nada, o que no signifiquen nada importante para nadie!
      Luego entró en su alcoba, y, echándose sobre su cama, comenzó de nuevo a pensar en su amor. Después de unos momentos se quedó dormido.
      Cuando la luna alumbró en los cielos, el Ruiseñor voló hacia el rosal, y apoyó su pecho sobre la mayor de las espinas. Toda la noche estuvo cantando con el pecho contra la espina, y la luna fría y cristalina se inclinó para escuchar. Toda la noche estuvo cantando así apoyado, y la espina se hundía más y más en su carne y la sangre de su vida se derramaba en el rosal.



      Cantó primero al nacimiento del Amor en el corazón de los adolescentes. Entonces, en la rama más alta del rosal floreció una rosa maravillosa, pétalo tras pétalo como canción tras canción. Al principio era pálida, como la niebla que flota sobre el río; pálida como los pies de la mañana y plateada como las alas de la aurora. La rosa que floreció en la rama más alta del rosal era como el reflejo de una rosa en un cáliz de plata, era como el reflejo de una rosa en espejo de agua.
      El rosal le gritó al Ruiseñor para que apretara más su pecho contra la espina.
      —¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor —gritó el rosal—, o el día llegará antes de haber terminado de fabricar la rosa!
      Y el Ruiseñor se apretó más contra la espina, y más y más creció su canto porque ahora cantaba el nacimiento de la pasión en el alma de un joven y de una virgen.
      Y un delicado rubor comenzó a cubrir las hojas de la rosa, como el rubor que cubre las mejillas del novio cuando besa los labios de su prometida.
      Pero la espina no llegaba todavía al corazón del corazón, y el corazón de la rosa permanecía blanco, porque sólo la sangre de un ruiseñor puede enrojecer el corazón de una rosa.
      Y el rosal le gritó al Ruiseñor para que se apretara más aún contra la espina.
      —¡Aprétate más, pequeño Ruiseñor —gritó el rosal—, o llegará el día antes de haber terminado de fabricar la rosa!
      Y el Ruiseñor se apretó más aún contra la espina, y la espina al fin le alcanzó el corazón. Un terrible dolor lo traspasó. Más y más amargo era el dolor, y más y más impetuosa se hacía su canción, porque ahora cantaba el Amor sublimado por la muerte, el Amor que no puede aprisionar la tumba.
      Y la rosa del rosal se puso camersí como la rosa del cielo del Oriente. Su corona de pétalos era púrpura como es purpúreo el corazón de un rubí.


      La voz del Ruiseñor ya desmayaba, sus alitas comenzaron a agitarse, y una nube le cayó sobre sus ojos. Su canto desmayaba más y más, y sentía que algo le obstruía la garganta.
      Entonces tuvo una última explosión de música. Al oírla la luna blanca se olvidó del alba y se demoró en el horizonte. Al oírla la rosa roja tembló de éxtasis y abrió sus pétalos al frescor de la mañana. El eco llevó la canción a la caverna de las montañas, y despertó a los pastores dormidos. Luego navegó entre los juncos del río que llevaron el mensaje hasta el mar.
      —¡Mira, mira —gritó el rosal—, la rosa ya está terminada!
      Pero el Ruiseñor no contestó, porque estaba muerto con la espina clavada en su corazón.
 Ya era eso del mediodía cuando despertó el Estudiante; abrió la ventana y miró hacia afuera.
      —¡Caramba, qué maravillosa visión! —exclamó—. ¡Una rosa roja! En mi vida he visto una rosa semejante. Es tan hermosa que estoy seguro que tiene un nombre muy largo en latín.
      Se inclinó por el balcón y la cortó.
      En seguida se caló el sombrero, y con la rosa en la mano, corrió a la casa del profesor.
      La hija del profesor estaba sentada cerca de la puerta, devanando una madeja de seda azul, con su perrito a los pies.
      —Dijiste que bailarías conmigo si te traía una rosa roja —exclamó el Estudiante—. Aquí tienes la rosa más roja de todo el mundo. Esta noche la prenderás sobre tu corazón y como bailaremos juntos podré decirte cuánto te amo.
      Pero la jovencita frunció el ceño.
      —Me temo que no va a hacer juego con mi vestido nuevo —repuso—, Y, además el sobrino del Chambelán me envió unas joyas de verdad, y todo el mundo sabe que las joyas son más caras que las flores.
      —Eres una ingrata incorregible —dijo agriamente el Estudiante, y tiró con ira la rosa al arroyo donde un carro la aplastó al pasar.
      —¿Ingrata? —dijo la muchacha—. Yo te digo que eres un grosero. ¿Qué eres tú, después de todo? Sólo un estudiante, y ni siquiera creo que lleves hebillas de plata en los zapatos, como lo hace el sobrino del Chambelán.
      Y muy altanera se metió en su casa.
      —¡Qué cosa más estúpida es el Amor! —se dijo el Estudiante mientras caminaba—. No es ni la mitad de útil que la Lógica, porque no demuestra nada y le habla a uno siempre de cosas que no suceden nunca, y hace creer verdades que no son ciertas. En realidad no es nada práctico, y como en estos tiempos ser práctico es serlo todo, volveré a la Filosofía y al estudio de la Metafísica.
      Y al llegar a su casa, abrió un libro lleno de polvo, y se puso a leer.




lunes, 17 de febrero de 2014

ANTÓN CHÉJOV





La tristeza


      La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.
      El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima le sacaría de su quietud.
      Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.




      Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
      Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
      —¡Cochero! —oye de pronto Yona—. ¡Llévame a Viborgskaya!
      Yona se estremece. Al través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
      —¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
      Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
      —¡Ten cuidado! —grita otro cochero invisible, con cólera—. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
      —¡Vaya un cochero! —dice el militar—. ¡A la derecha!
      Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeunte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabase de despertarse de un sueño profundo.
      —¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! —dice con tono irónico el militar—. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
      Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.
      El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
      —¿Qué hay?
      Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
      —Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
      —¿De veras?... ¿Y de qué murió?
      Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
      —No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
      —¡A la derecha! —óyese de nuevo gritar furiosamente—. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
      —¡A ver! —dice el militar—. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
      Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.


      Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escuchale.
      Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
      Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
      Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.
      —¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
      Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
      Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
      —¡Bueno; en marcha! —le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda—. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
      —¡El señor está de buen humor! —dice Yona con risa forzada—. Mi gorro...
      —¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
    —Me duele la cabeza —dice uno de los jóvenes—.
      Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
      —¡Eso no es verdad! —responde el otro— Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
      —¡Palabra de honor!
      —¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
      Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
      —¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
      —¡Vamos, vejestorio! —grita enojado el chepudo—. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!
      Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
      —Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
      —¡Todos nos hemos de morir!—contesta el chepudo—. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
      —Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo —le aconseja uno de sus camaradas.
      —¿Oyes, viejo estafermo?—grita el chepudo—. Te la vas a ganar si esto continúa.
      Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
      —¡Ji, ji, ji! —ríe, sin ganas, Yona—. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
      —Cochero, ¿eres casado? —pregunta uno de los clientes.
      —¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.
      Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
      —¡Por fin, hemos llegado!


                       



      Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
      Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.
      Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero.
      Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.
      —¿Qué hora es? —le pregunta, melifluo.
      —Van a dar las diez —contesta el otro—. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.
      Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
      Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
      —No puedo más —murmura—. Hay que irse a acostar.
      El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
      Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
      Yona se arrepiente de haber vuelto, tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso —piensa— se siente tan desgraciado.
      En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
      —¿Quieres beber? —le pregunta Yona.
      —Sí.
      —Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
      Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho, caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.
      Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharle, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndole! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
      Yona decide ir a ver a su caballo.
      Se viste y sale a la cuadra.
      El caballo, inmóvil, come heno.
      —¿Comes? —le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo—. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...
      Tras una corta pausa, Yona continúa:
    —Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
      El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.
      Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.




lunes, 10 de febrero de 2014

JULIO CORTÁZAR (I)










¡Hola, de nuevo!

Tras un descansito, volvemos con un conocido autor: Julio Cortázar. Hoy nos vamos a centrar en su poesía. Por hacer una breve alusión a su biografía, diremos que nació en Bruselas, el 26 de agosto de 1914, y murió en París el 12 de febrero de 1984. Vive gran parte de su vida en Argentina, y también buena parte en Europa, siendo París una de las ciudades más importantes de su creación.

Dicho escritor, también traductor, cultivó sobre todo el relato corto (otro día lo veremos en este ámbito), aunque también la prosa poética, la narración breve y la novela; ¿Quién no conoce su famosa Rayuela?




Cortázar es un gran innovador en muchos aspectos; rompe con lo clásico, es original, se acerca al realismo mágico, e incluso al surrealismo. Veamos, pues, los cuatro poemas que he elegido:





Por veredas de sueño y habitaciones sordas
tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos
Una cifra vigilante y sigilosa
va por los arrabales llamándome y llamándome
pero qué falta, dime, en la tarjeta diminuta
donde están tu nombre, tu calle y tu desvelo
si la cifra se mezcla con las letras del sueño,
si solamente estás donde ya no te busco.




♠ ♠ ♠


Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestás tu mano en esta noche
de fìn de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Asì la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.


♠ ♠ ♠


Florecitas de Pako Morant


HABLEN, TIENEN TRES MINUTOS


Hablen, tiene tres minutos
De vuelta del paseo
donde junté una florecita para tenerte entre mis dedos un momento,
y bebí una botellas de Beaujolais, para bajar al pozo
donde bailaba un oso luna,
en la penumbra dorada de la lámpara cuelgo mi piel
y sé que estaré solo en la ciudad
más poblada del mundo.
Excusarás este balance histérico, entre fuga a la rata y queja de morfina,
teniendo en cuenta que hace frío, llueve sobre mi taza de café,
y en cada medialuna la humedad alisa sus patitas de esponja.
Máxime sabiendo
que pienso en ti obstinadamente, como una ciega máquina,
como la cifra que repite interminablemente el gongo de la fiebre
el loco que cobija su paloma en la mano, acariciándola hora a hora
hasta mezclar los dedos y las plumas en una sola miga de ternura.
Creo que sospecharás esto que ocurre,
como yo te presiento a la distancia en tu ciudad,
volviendo del paseo donde quizá juntases
la misma florecita, un poco por botánica,
un poco porque aquí,
porque es preciso
que no estemos tan solos, que nos demos
un pétalo, aunque sea un pasito, una pelusa. 


♠ ♠ ♠








Todo lo que de vos quisiera
es tan poco en el fondo
porque en el fondo es todo

como un perro que pasa, una colina,
esas cosas de nada, cotidianas,
espiga y cabellera y dos terrones,
el olor de tu cuerpo,
lo que decís de cualquier cosa,
conmigo o contra mía,

todo eso es tan poco
yo lo quiero de vos porque te quiero.

Que mires más allá de mí,
que me ames con violenta prescindencia
del mañana, que el grito
de tu entrega se estrelle
en la cara de un jefe de oficina,

y que el placer que juntos inventamos
sea otro signo de la libertad.






¡Hasta el lunes que viene!

domingo, 5 de enero de 2014

LOS TRES ÁRBOLES, MARIANO OSORIO.







LOS TRES ÁRBOLES
                                                                                                    Mariano Osorio



Érase una vez, en la cumbre de una montaña, tres pequeños árboles que vivían juntos y soñaban lo que querían ser de grandes. El primer arbolito miró hacia las estrellas y dijo:

ÁRBOL 1 ¡Yo quiero joyas, quiero estar repleto de oro y piedras preciosas. Con mi madera se hará el cofre más hermoso del mundo!

El segundo arbolito miró hacia el río y dijo:

ÁRBOL 2 ¡Pues yo quiero viajar a través de los mares y llevar reyes poderosos sobre mí. Con mi madera harán el barco más admirable del mundo!

El tercer arbolito miró abajo, hacia el valle, donde hombres y mujeres trabajaban en un humilde pueblo.

ÁRBOL 3 Yo no quiero irme de esta montaña. Quiero crecer tanto que cuando la gente del pueblo me vea, levanten la mirada al Cielo y piensen en Dios. ¡Yo seré el árbol más alto del mundo!







Los años pasaron. Los pequeños árboles crecieron. Un día, tres leñadores subieron a la montaña. Un leñador miró al primer árbol y dijo:

LEÑADOR 1 ¡Qué árbol tan hermoso éste!
El primer árbol cayó. Y ya en el suelo, se dijo:

ÁRBOL 1 Ahora me convertirán en un cofre hermoso lleno de tesoros espléndidos.
Otro leñador miró al segundo árbol y dijo:

LEÑADOR 2 Este árbol es muy fuerte, es perfecto para lo que quiero.

El segundo árbol también cayó. Y en el suelo, pensaba:

ÁRBOL 2 Ahora iré a navegar por los océanos, llevando reyes poderosos sobre mí.

El tercer árbol sintió angustiado su corazón cuando el último leñador se fijó en él:

LEÑADOR 3 Cualquier árbol es bueno para mí.

Y hachazo tras hachazo, el tercer árbol cayó abatido.

ÁRBOL 3 Qué triste mi destino... Yo quería quedarme en la cumbre de la montaña y señalar hacia Dios.








El primer árbol se emocionó cuando el leñador lo llevó a una carpintería. Pero el carpintero no lo cubrió de oro ni lo llenó de tesoros, sino que lo convirtió en una vulgar caja de alimento para animales de granja.

El segundo árbol sonrió cuando el leñador lo llevó a un embarcadero. Pero ningún barco majestuoso fue construido ese día. Con su madera, hicieron un simple bote de pesca. Y como era demasiado chico para navegar en el océano, lo trasladaron a un pequeño lago.

El tercer árbol estaba confundido cuando el leñador lo cortó para hacer tablas fuertes y lo abandonó en un viejo almacén.

Pasaron muchísimos días y muchísimas noches. Los tres árboles ya casi se habían olvidado de sus sueños...

Pero una noche, una luz de estrella dorada alumbró al primer árbol cuando una joven mujer puso a su hijo recién nacido en la caja de alimentos...

MARÍA Yo hubiera querido hacerle una cuna al bebé...

Así dijo aquella mujer a su esposo, y sonrió mientras la luz de la estrella alumbraba la suave madera del pesebre.

Y de repente, el primer árbol supo que contenía el tesoro más grande del mundo.

Una noche, un viajero de tez morena y sus amigos subieron al pequeño bote de pesca. El viajero se quedó dormido mientras el segundo árbol navegaba tranquilamente lago adentro. Al poco rato, una tormenta cubrió las aguas. El pequeño árbol se llenó de temor y hasta pensó que se hundirían todos con él. Entonces, el hombre de tez morena y sonrisa ancha se levantó y dijo:

JESÚS No tengan miedo. La tormenta no nos vencerá si sabemos remar juntos.

Y remando juntos, salieron a la orilla. Y de repente, el segundo árbol supo que llevaba consigo navegando al rey del Cielo y de la Tierra.


Un viernes en la mañana, el tercer árbol se extrañó cuando sus tablas fueron tomadas de aquel viejo almacén y llevadas en medio de una multitud. Se llenó de temor cuando unos soldados clavaron las manos de un hombre en su madera. Se sintió áspero y cruel.

JESÚS ¿Padre nuestro, por qué nos has abandonado?






Pero el domingo siguiente, por la mañanita, cuando el sol brilló y la tierra tembló con júbilo debajo de su madera, el tercer árbol comprendió que el amor de Dios lo había cambiado todo.

Y el tercer árbol se sintió fuerte, se sintió vencedor, y supo que cada vez que los hombres y las mujeres miraran hacia él, pensarían en Dios. Era el árbol más alto del mundo.

Fin




                                      http://youtu.be/WV5sM_Of1RE




             ¡Felices reyes, y que os traigan muchas cositas!






domingo, 29 de diciembre de 2013

FELIZ AÑO.








Nuevamente llega el fin de los trescientos sesenta y cinco días que han compuesto este año. Me gustan los finales de año; son necesarios para dejar atrás lo que quiere olvidarse: los malos momentos, los obstáculos, las derrotas, y “ponerse en forma” para lo mucho que queda por hacer.

Creo que, aunque sea sólo psicológicamente, tienen que cerrarse periodos para que puedan abrirse otros nuevos. El bloqueo nunca es bueno, y hay que ponerse nuevas metas, nuevos proyectos, crearse nuevas ilusiones que nos ayuden a crecer y a realizarnos. Paulo Coelho escribió unas palabras que me encantan. Os pongo el enlace y os las transcribo, por si preferís leerlo:






“Siempre es preciso saber cuándo se acaba una etapa de la vida. Si insistes en permanecer en ella más allá del tiempo necesario, pierdes la alegría y el sentido del resto. Cerrando círculos, o cerrando puertas, o cerrando capítulos, como quieras llamarlo. Lo importante es poder cerrarlos, y dejar ir momentos de la vida que se van clausurando.
¿Terminó tu trabajo?, ¿Se acabó tu relación?, ¿Ya no vives más en esa casa?, ¿Debes irte de viaje?, ¿La relación se acabó? Puedes pasarte mucho tiempo de tu presente “revolcándote” en los por qué, en devolver el cassette y tratar de entender por qué sucedió tal o cual hecho. El desgaste va a ser infinito, porque en la vida, tú, yo, tu amigo, tus hijos, tus hermanos, todos y todas estamos encaminados hacia ir cerrando capítulos, ir dando vuelta a la hoja, a terminar con etapas, o con momentos de la vida y seguir adelante.
No podemos estar en el presente añorando el pasado. Ni siquiera preguntándonos por qué. Lo que sucedió, sucedió, y hay que soltarlo, hay que desprenderse. No podemos ser niños eternos, ni adolescentes tardíos, ni empleados de empresas inexistentes, ni tener vínculos con quien no quiere estar vinculado a nosotros. ¡Los hechos pasan y hay que dejarlos ir!
Por eso, a veces es tan importante destruir recuerdos, regalar presentes, cambiar de casa, romper papeles, tirar documentos, y vender o regalar libros.
Los cambios externos pueden simbolizar procesos interiores de superación.
Dejar ir, soltar, desprenderse. En la vida nadie juega con las cartas marcadas, y hay que aprender a perder y a ganar. Hay que dejar ir, hay que dar vuelta a la hoja, hay que vivir sólo lo que tenemos en el presente…
El pasado ya pasó. No esperes que te lo devuelvan, no esperes que te reconozcan, no esperes que alguna vez se den cuenta de quién eres tú… Suelta el resentimiento. El prender “tu televisor personal” para darle y darle al asunto, lo único que consigues es dañarte lentamente, envenenarte y amargarte.
La vida está para adelante, nunca para atrás. Si andas por la vida dejando “puertas abiertas” por si acaso, nunca podrás desprenderte ni vivir lo de hoy con satisfacción. ¿Noviazgos o amistades que no clausuran?, ¿Posibilidades de regresar? (¿a qué?), ¿Necesidad de aclaraciones?,¿Palabras que no se dijeron?, ¿Silencios que lo invadieron? Si puedes enfrentarlos ya y ahora, hazlo, si no, déjalos ir, cierra capítulos. Dite a ti mismo que no, que no vuelven. Pero no por orgullo ni soberbia, sino, porque tú ya no encajas allí en ese lugar, en ese corazón, en esa habitación, en esa casa, en esa oficina, en ese oficio.

Tú ya no eres el mismo que fuiste hace dos días, hace tres meses, hace un año. Por lo tanto, no hay nada a qué volver. Cierra la puerta, da vuelta a la hoja, cierra el círculo. Ni tú serás el mismo, ni el entorno al que regresas será igual, porque en la vida nada se queda quieto, nada es estático. Es salud mental, amor por ti mismo, desprender lo que ya no está en tu vida. 
Recuerda que nada ni nadie es indispensable. Ni una persona, ni un lugar, ni un trabajo. Nada es vital para vivir porque cuando tú viniste a este mundo, llegaste sin ese adhesivo. Por lo tanto, es costumbre vivir pegado a él, y es un trabajo personal aprender a vivir sin él, sin el adhesivo humano o físico que hoy te duele dejar ir. 
Es un proceso de aprender a desprenderse y, humanamente se puede lograr, porque te repito: nada ni nadie nos es indispensable. Sólo es costumbre, apego, necesidad. Por eso cierra, clausura, limpia, tira, oxigena, despréndete, sacúdete, suéltate.
Hay muchas palabras para significar salud mental y cualquiera que sea la que escojas, te ayudará definitivamente a seguir para adelante con tranquilidad. ¡Esa es la vida!”



Supongo que todos habremos tenido momentos muy buenos, otros, no tanto, en este 2013. Os deseo lo mejor en este año que entra, y aunque los malos momentos, muchas veces, (otras, no tanto) son inevitables, espero que abunden las vivencias buenas: en eso consiste la vida.



Me despido, por este año, con este vídeo;



Feliz 2014