lunes, 12 de enero de 2015

FÁBULA DE ESOPO



Por mucho que la paz cueste, nunca es cara

Refrán popular






Cuenta la fábula de Esopo que un ratón que vivía en la ciudad iba un día caminando cuando fue convidado por otro ratón que vivía en el campo y que, en su guarida, le dio de comer bellotas, habas y cebada. El ratón de ciudad, muy agradecido, rogó al de campo que le acompañara a la ciudad a divertirse, invitación que este aceptó gustoso.

Una vez en la ciudad, ambos entraron en una rica despensa del palacio donde vivía el ratón de ciudad, la cual estaba repleta de toda clase de manjares. Mostrando todo esto, el ratón de ciudad le dijo al otro: Come, amigo, come todo lo que gustes, pues tengo en abundancia.




Mientras comían alegremente, apareció de repente el despensero y abrió la puerta con gran estruendo. Los ratones, espantados, huyeron cada uno por su lado. Como el ratón de ciudad tenía lugares conocidos para esconderse, rápidamente se puso a salvo, mientras que el otro apenas sabía cómo escapar.

Finalmente, se fue el despensero, la puerta se cerró y los ratones volvieron a salir.

--Ven acá y sigamos comiendo –dijo el ratón de ciudad--. Ya ves cuántos manjares tenemos a nuestra disposición.

--Sí, muy bueno está esto –respondió el campesino--. Pero ¿este peligro es aquí muy frecuente?

--Sí –contestó el otro--, esto sucede a cada instante y,por lo tanto, no debemos prestarle atención.

--¡Oh! – dijo el ratón de campo--. ¡Con que esto sucede a diario! Seguramente vives aquí en la opulencia, pero, sin embargo, prefiero mucho más mi pobreza con tranquilidad a tu abundancia con zozobra.







lunes, 3 de noviembre de 2014

EDGAR ALLAN POE










¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo  puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo.

Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las  persianas, por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente,

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?




Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón.

 Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden  imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí
inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y  cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!



El corazón delator

Edgar Allan Poe






domingo, 19 de octubre de 2014

KHALIL GIBRAN (2)






Gibran , desde joven, se sintió influenciado por la noción romántica del poeta como un donante desinteresado. Más tarde, reconsidera dicha noción, aplicándola a la religión.


Creía firmemente que cada persona debería dar lo que más ama, es decir, darse a sí mismo, y que todo en la vida debería, tanto ofrecerse, como recibirse, como un regalo. Incidía en la idea de que ninguno de nosotros, ya sea como donantes o como destinatarios, podemos poseer nada, ni objetos materiales, ni personas. En la antología ilustrada de Ayman a. El-Desouky, se pone el ejemplo de cómo compartía dichos valores con Mary Haskell, a la que acudía cuando tenía dificultades financieras. Mary, procedente de una acomodada  familia, había heredado la riqueza, el fuerte carácter, y el sentido de la justicia de su padre. El 29 de noviembre de 1913, ésta le escribió a Gibran:


“Las cosas nos vienen de Dios, no de las personas, pero sólo a través de las personas, de lo que se encuentra en ellas, que va más allá de su limitada humanidad, de vuestro dios personal, a través de su limitado yo humano”


Terminan el comentario de este apartado en la antología, diciendo que el tema del dar y recibir es uno de los motivos centrales no sólo de la obra del escritor, sino de su vida y sus relaciones, y encuentra su expresión más completa hacia el final de su vida.





                                                                http://diarioximpersonal.blogspot.com.es/2012/05/blog-post.html






SOBRE EL DAR




Entonces, un hombre rico dijo: “Háblanos del dar”. Y él contestó: “Dais, pero muy poco cuando dais vuestros bienes. Es cuando dais algo de vosotros mismos que realmente dais.
Pero ¿qué son vuestras posesiones sino cosas que conserváis y guardáis por miedo a que pudierais necesitarlas mañana?

Y mañana, ¿qué traerá el mañana al perro demasiado previsor que entierra huesos en la arena sin huellas mientras sigue a los peregrinos hacia la ciudad santa?

¿Y qué es el miedo a la necesidad sino la necesidad misma?

¿No es, en realidad, el terror a la sed, cuando el manantial esté lleno, la sed verdaderamente insaciable?

“Hay quienes dan poco de lo mucho que tienen, y lo dan buscando el reconocimiento, de modo que su oculto deseo hace que sus regalos sean desagradables. Y hay quienes tienen poco y lo dan todo. Estos son los que creen en la vida y en la recompensa que ésta ofrece, y su cofre nunca está vacío.

Hay quienes dan con alegría y esa alegría es su premio. Y hay quienes dan con dolor y ese dolor es su bautismo.

Y hay quienes dan y no conocen el dolor de dar, ni buscan la alegría, ni dan con la conciencia de la virtud.

Dan como el mirto que despliega su fragancia en el espacio del hondo valle.

A través de las manos de los que son así, Dios habla, y desde el fondo de sus ojos sonríe sobre la tierra.

Es bueno dar cuando se ha pedido, pero es mejor dar sin haber pedido a través de la comprensión.

Y, para la mano abierta, la búsqueda de aquel que recibirá es un gozo mayor que el dar.

¿Y hay algo que pudierais ocultar?

Todo lo que tenéis será algún día dado.

Por lo tanto, dad ahora que el tiempo de dar puede ser vuestro y no de vuestros herederos.

Con frecuencia decís: “Daría, pero solo al que lo mereciera”.
Los árboles  en vuestro huerto no hablan así, ni los rebaños en vuestra pradera. Ellos dan para poder vivir, ya que retener es perecer. Sin duda, todo aquel que merece recibir sus días y noches merece todo lo demás de vosotros. Y aquel que mereció beber el océano de la vida merece llenar su copa de vuestro pequeño arroyo.

¿Y cuál sería el mérito mayor que el de aquel que se encuentra en el valor y en la confianza, no en la caridad del recibir?

¿Y quienes sois vosotros para que los hombres os muestren su seno y descubran su orgullo de modo que podáis ver su valía desnuda y su imperturbable orgullo?

Ved primero que vosotros mismos merecéis ser un dador y un instrumento del dar.


Porque, en verdad, es la vida la que da la vida, mientras que vosotros, que os creéis dadores, no sois sino testigos.

“Y vosotros, los que recibís –y todos vosotros recibís- no asumáis el peso de la gratitud, no sea que coloquéis un yugo sobre vosotros mismos y sobre quien os da.

Alzaos, mejor, junto a la persona que os da sobre sus regalos como sobre unas alas. Porque ser conscientes de vuestra deuda es dudar de la generosidad de aquel que tiene el corazón libre de la tierra como madre y a Dios como padre”.




De El profeta, 1923


















































lunes, 13 de octubre de 2014

ALEJANDRO JODOROWSKY (I)

                       



                     “La raza humana tiene un papel fundamental: contribuir a la perfección del universo”







Me encanta Alejandro, todo lo que escribe, pero sobre todo, escucharlo. Me transmite mucha energía, y me gusta la gente que transmite tanta confianza, tanta  paz.
Hoy haré una breve descripción de su biografía pero, sin duda, hablaré más veces de él y pondré alguno de sus interminables vídeos.

Alejandro Jodorowsky Prullansky nace en Tocopilla, Chile, el 17 de Febrero de 1929. Multifacético, dedica su vida a la escritura (novelista, poeta, ensayista y dramaturgo), historietista, director teatral y de cine, actor, guionista, marionetista, mimo, compositor de bandas sonoras, pintor y escenógrafo en cine, escultor, dibujante, psicoterapeuta, instructor del tarot y sanador psicomágico. Éste último aspecto, es su faceta más divulgada; la psicomagia es una técnica que conjuga los ritos chamánicos, el psicoanálisis y el teatro, y lo que pretende es provocar en los pacientes una catarsis de curación.
Importante destacar que fue fundador, junto a Fernando Arrabal y Roland Topor, del Grupo “Pánico”.

Tiene doble nacionalidad, chilena y francesa, ya que a la edad de veinticuatro años decide quemar todas sus fotos e irse de Chile. Vivirá en París en 1953, unos quince años en México (entre 1972-1974 en New York) y desde finales de 1974, en Francia.

No creo que tenga la oportunidad de verlo en directo, pero si algún día vuelvo a París, me encantaría ir  a visitar"La Téméraire", un café en el que da sus clases de tarot y conferencias sobre sus técnicas psicosomágicas.

Casado con la pintora y diseñadora francesa Pascale Montandon.y padre de cinco hijos, uno de ellos fallecido, su hija Eugenia, el actor y director teatral, Brontis;  Cristobal, psicochaman y protagonista de las películas Santa Sangre y Quantum Men, y Adam, músico, conocido con el nombre artístico de Adanowsky.

Ahí os lo dejo; espero que lo disfrutéis tanto como yo; pongo un vídeo en el que se le entrevista y un fragmento de "La danza de la realidad", una película que él mismo dirigió, y que es una de mis tareas pendientes, 



                                             http://youtu.be/vxBZv9HyUAU





                                                  PALABRAS PARA UNA BUENA VIDA



“Los milagros son comparables a las piedras: están por todas partes ofreciendo su belleza y casi nadie les concede  valor. Vivimos en una realidad donde abundan los prodigios, pero ellos son vistos solamente por quienes han desarrollado su percepción. Sin esa sensibilidad todo se hace banal, al acontecimiento maravilloso se le llama casualidad, se avanza por el mundo sin esa llave que es la gratitud. Cuando sucede lo extraordinario se le ve como un fenómeno natural, del que, como parásitos, podemos usufructuar sin dar nada a cambio. Mas el milagro exige un intercambio: aquello que me has dado debo hacerlo fructificar para otros. Si no se está unido no se capta el portento. Los milagros nadie los hace ni los provoca, se descubren. Cuando aquel que se creía ciego se quita los anteojos oscuros, ve la luz. Esta oscuridad es la cárcel racional”

                                                                                                                 La danza de la realidad,

                                                                                                                ALEJANDRO JODOROWSKY


lunes, 6 de octubre de 2014

JOSE AGUSTIN GOYTISOLO (1)




No sabía de qué hablar en la entrada de hoy, y dio la casualidad de que ayer cogí  el libro “La buena vida” de Alex Rovira, y comenzaba con este poema, y cuando empecé a leerlo me di cuenta de que me sonaba. Pero no ha sido hasta que no he escuchado la canción, hasta  no darme cuenta de que era uno de los poemas preferidos de mi tía Marina, y de que me lo había mandado en más de una ocasión, en su intento constante de siempre hacerme seguir adelante. Me había limitado a escucharla, y no sabía quién lo había escrito, y cómo todo lo que me mandaba era interesante y digno de leerse, he decidido investigar un poco por qué lo escribió  su autor, y compartirlo.

José Agustín Goytisolo, de cuya biografía hablaremos en otro momento, escribió un poema a su hija, que se convirtió en uno de sus más exitosas creaciones. Parece un intento de darle el aliento y la fuerza por vivir, un esfuerzo que él mismo no consiguió lograr; como muchos de los "grandes" que paradógicamente a aquello que escriben, no consiguen dar un sentido a su propia vida, y deciden desistir. Dicho escritor tiene una gran predilección por su madre, que se llamaba Julia, y que muere víctima de un bombardeo; en su honor, decide ponerle el mismo nombre a su hija, y dedicarle el siguiente poema.

La versión de su suicidio, sin embargo, aunque es la más creída, no puede corroborarse como cierta; para su familia fue un accidente, y su muerte fue debida a su caída desde una ventana. Como siempre, dejemos margen a la duda.




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PALABRAS PARA JULIA


Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.

Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.

Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.

Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.

Entonces siempre acuérdate
de lo que yo un día escribí
pensando en ti como ahora pienso.

La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.

Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.

Pero cuando yo te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.

Tu destino está en los demás
tu futuro es la propia vida
tu dignidad es la de todos.

Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre tus canciones.

Entonces siempre acuérdate
de lo que yo un día escribí
pensando en ti
como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.

La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.

Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.

Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.

Y siempre, siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.


Os dejo las versiones que más me han gustado. La primera, más clásica, la segunda, flamenquita, y la tercera, más cañera, pero todas, a mi gusto, geniales.


























lunes, 29 de septiembre de 2014

OCTAVIO PAZ





Yo no escribo para matar el tiempo
ni para revivirlo.
Escribo para que me viva y me reviva






RELÁMPAGO EN REPOSO



Tendida,
piedra hecha de mediodía,
ojos entrecerrados donde el blanco azulea,
entornada sonrisa.
Te incorporas a medias y sacudes tu melena de león.
Luego te tiendes,
delgada estría de lava en la roca,
rayo dormido.
Mientras duermes te acaricio y te pulo,
hacha esbelta,
flecha con que incendio la noche.

El mar combate allá lejos con espadas y plumas.



                                                        ♦ ♦ ♦




TUS OJOS


Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
otoño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea,
páramo.


                                                          ♦ ♦ ♦


ESCRITO CON TINTA VERDE


La tinta verde crea jardines, selvas, prados,
follajes donde cantan las letras,
palabras que son árboles,
frases que son verdes constelaciones.

Deja que mis palabras, oh blanca, desciendan y te cubran
como una lluvia de hojas a un campo de nieve,
como la yedra a la estatua,
como la tinta a esta página.

Brazos, cintura, cuello, senos,
la frente pura como el mar,
la nuca de bosque en otoño,
los dientes que muerden una brizna de yerba.

Tu cuerpo se constela de signos verdes
como el cuerpo del árbol de renuevos.
No te importe tanta pequeña cicatriz luminosa:
mira al cielo y su verde tatuaje de estrellas.



                                                                              Angelestelar.blogspot.com







lunes, 14 de julio de 2014

ANA MONTOJO



ANA MONTOJO



Ana Montojo se inició en la poesía el año 93, asistiendo al taller que por entonces dirigía en la Casa de la Cultura, Carmen Conde, de Majadahonda, el poeta Enrique Gracia Trinidad.
Transcribo cómo se la presenta en su libro “La Niebla del tiempo”:

“Aunque en ocasiones enfoca su mirada a la sociedad que la rodea, al dolor y a la soledad consustancial del ser humano, su poesía es básicamente intimista y de introspección, desgarrada e impúdica hasta constituir un verdadero striptease emocional a través del cuál libera cualquier desasosiego interior. Quizá por eso, porque trabaja sobre sentimientos universales y comunes a todos los mortales, en su poesía nos podemos reconocer todos y tal vez ahí resida su principal atractivo; aunque a veces es un espejo demasiado explícito en el que no nos gusta vernos”







Si pudiera vivir nuevamente mi vida
en la próxima trataría de cometer más errores

(Jorge Luis Borges)


Yo, al revés que el poeta, cometí
casi tantos errores como pude,
si por error se entiende
dejar el corazón a la intemperie,
expuesto a toda suerte de peligros
salvo el de ser feliz y acostumbrarme.

A gala tengo
haberme equivocado muchas veces
sin haber aprendido casi nada,
y permitirme el lujo de estrenar
en cada amanecer
una nueva derrota reluciente.

He bebido el ahora de manera insensata;
como si cada día fuera el último
del resto de mi vida
y el futuro tan solo se tratase
de un incierto espejismo.

Hice mal casi todo lo importante:
Nno ahorré ni una peseta,
fumé, no hice deporte,
y hasta me enamoré de algún extraterrestre
sin requerir informes de solvencia.

Tuve hijos
y no los preparé para el mañana;
me limité a quererlos mucho más
de lo que hubiera sido razonable.

Y aquí estoy
instalada de golpe en el futuro
sin chaleco antibalas, sin fortuna,
sin refugio antiatómico siquiera
que pueda protegerme
de la lluvia de abril y de tus ojos.
                                                                              ♠♠♠








Te lo regalo todo.
La mañana sin horas
Y la gota de escarcha que persigo
por el cristal  helado.

El gorrión insolente que se empeña
En volver a inventar la primavera
Cuando febrero engaña a los almendros.

Te regalo este día
Que se abre a mis sentidos
Aunque sé que hoy tampoco
Lograré seducirle.

Te regalo la noche interminable
Y el alba sin tu cuerpo
Declarándose en huelga a mi costado.

La música que habita mi silencio,
Los fantasmas que pueblan mis rincones,
La edad que me recorre todo el cuerpo,
La que soy, la que fui, la que no seré nunca.

No se me ocurre nada mejor con qué comprarte.
Nada más codiciable que el otoño
Que no hiela aún la piel del alma.


♠♠♠

Ignoro en qué momento
Comencé a perder pie donde pisaba,
Cuando me transformé
En la mujer que anda algunos pasos
Por delante de mí,
Sin volver la cabeza.
Yo no puedo alcanzarla.

La que fui no regresa
Y la que soy a veces corre tanto
Que se me escapa.

Y me quedo perdida, tan lejos de las dos,
Equidistante,
Confiando en que acojas
A la que junto a ti llegue en mi nombre.