sábado, 31 de octubre de 2015

INSPIRACIONES NOCTURNAS II






                                                           

Encendió su mirada triste cuando el mundo yacía en silencio. Acongojada, se mostraba sedienta de una luz que creía robada. Ese anochecer imperturbable, las estrellas la miraban sin decir nada y comenzaban a apagarse, traicionadas, como cigarrillos que solo esperan la muerte. La luna sentía miedo por primera vez. Fue la misma noche en que yo empecé a sentirlo.
                                                                                                            

"Sacrilegio" 
María Elena Guillén
Microrrelato seleccionado por Diversidad Literaria















lunes, 7 de septiembre de 2015

SAMUEL TAYLOR COLERIDGE








¿Y si durmieras?
¿Y si,
en sueños,
soñaras?
¿Y si,
en el sueño,
fueras al cielo
y allí cogieras
una extraña
y hermosa flor?
¿Y si,
al despertar,
tuvieras esa flor
en la mano?





martes, 12 de mayo de 2015

GRACIA TRINIDAD, ENRIQUE




                                     https://youtu.be/6wLti06X_Bc






NANA


Para dormir esta noche
debería tener tranquilo el corazón
y todos los asuntos ordenados,
ver cómo se resuelven
mis disputas de siempre con la vida cotidiana.
Debería saber que el habitante del espejo
que se ocupa a diario de fingir que soy yo,
no me es extraño;
que no es irremediable esta amargura
de caja de cartón bajo la lluvia,
esta tristeza sin cuartel,
alimentada siempre de la misma
sustancia que la vida.

Pero están mal las cosas, por qué disimular.
Mi sangre sabe a luces de guarida nocturna
y mi vientre discute con los codos la manera más digna
de llegar a ser hombre simplemente, suficiente, feliz, enamorado.
Para dormir esta noche
debería poner a la muerte en su sitio,
en su lugar al tiempo
que me roba los sueños de cada madrugada
y los malvende.
Sería necesario
subir entre las ruinas de mi aliento y gritar
que el dolor es un hijo de puta inconfensable,
que la tierra aborrece las huellas que le cuentan las verdades a medias,
los vulgares asombros de aquel idiota que contaba
la historia como un cuento mal contado.

Para dormir esta noche debería estar vivo
Y sólo estoy cansado. Triste.

                                                                          
                                                                                    Enrique Gracia Trinidad


                                                                                                                                www.mediciencia.com














































jueves, 9 de abril de 2015

VICENTE ALEIXANDRE (I)




                                                                                          blog.libera.it
                                                                                             




SE QUERÍAN


Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.


Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.


Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia,seda, mano, luna que llega y toca.


Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente solo.


Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.


Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.


Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.


Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.


(La destrucción o el amor, 1933)
Vicente Aleixandre




♣ ♣ ♣


¡Buena semana!
A partir de ahora os señalaré libros que me he leído o me estoy leyendo, y que me parecen interesantes. Ahí va el de hoy:
Psicohigiene. Javier Urra.


   

                                                            

















































































No

sábado, 21 de marzo de 2015

ÁNGELA REYES (I)




“No se muere ni se nace, sino que se continúa contemplando desde el mar y la tierra”
                                                                                                                     
                                                                                                                       ( Carmen Conde)










SÉ QUE TE VA A DOLER ESTE recuerdo más que otros.
Cuando te lo mencione te quedarás transida,
como si el mar te hubiera golpeado
con su garfio de espuma.
Pero es bueno que hablemos
de padre y de su muerte
para  drenar del corazón tanta resina seca.

Aquel amanecer no tuvo pájaros cantores.
Sabes bien que los pájaros no cantan si se sufre.
Pero sí estaba marzo con su lluvia caliente,
una agua sin edad
dispuesta a no empaparnos.
Lo malo de esta muerte es que se hizo mariposa
y no pudimos atraparla.
Se nos perdió entre la lluvia
como se pierde un niño ciego
en pleno temporal.
Mas, ¿y los pájaros?
¿Por qué no nos cantaron su partida?



Me duele no saber en qué ciudad,
qué calle, qué mañana volveremos a verle
apoyado en la esquina de un lejano cielo.
Qué ángel lo encadena con maroma de sal
a la cancela de esa puerta que no se abre nunca.
Lo peor es si allí también llueve de noche
y el pájaro guardián no avisa
que el lodo sube hasta el tobillo,
que hay que levantarse
a encender una hoguera con paja de pesebre,
para templar siquiera un cuenco
de leche de cabrita.
Cuántas preguntas y Dios siempre callado,
tocando un arpa tan distante
que apenas se la oye. Él tampoco nos ve.
Él no sabe que ahora está lloviendo,
que al mando del paraguas le crecen los latidos,
un reguero de sangre que sube hasta tu brazo.

No sabe
que, en esta larga calle de la vida,
estamos tú y yo
atentas a que un pájaro nos cante
que a padre se le siente regresar.

                            (Ángela Reyes)





“La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo”                                                                                                                                   (Isabel Allende)

       





















































































lunes, 12 de enero de 2015

FÁBULA DE ESOPO



Por mucho que la paz cueste, nunca es cara

Refrán popular






Cuenta la fábula de Esopo que un ratón que vivía en la ciudad iba un día caminando cuando fue convidado por otro ratón que vivía en el campo y que, en su guarida, le dio de comer bellotas, habas y cebada. El ratón de ciudad, muy agradecido, rogó al de campo que le acompañara a la ciudad a divertirse, invitación que este aceptó gustoso.

Una vez en la ciudad, ambos entraron en una rica despensa del palacio donde vivía el ratón de ciudad, la cual estaba repleta de toda clase de manjares. Mostrando todo esto, el ratón de ciudad le dijo al otro: Come, amigo, come todo lo que gustes, pues tengo en abundancia.




Mientras comían alegremente, apareció de repente el despensero y abrió la puerta con gran estruendo. Los ratones, espantados, huyeron cada uno por su lado. Como el ratón de ciudad tenía lugares conocidos para esconderse, rápidamente se puso a salvo, mientras que el otro apenas sabía cómo escapar.

Finalmente, se fue el despensero, la puerta se cerró y los ratones volvieron a salir.

--Ven acá y sigamos comiendo –dijo el ratón de ciudad--. Ya ves cuántos manjares tenemos a nuestra disposición.

--Sí, muy bueno está esto –respondió el campesino--. Pero ¿este peligro es aquí muy frecuente?

--Sí –contestó el otro--, esto sucede a cada instante y,por lo tanto, no debemos prestarle atención.

--¡Oh! – dijo el ratón de campo--. ¡Con que esto sucede a diario! Seguramente vives aquí en la opulencia, pero, sin embargo, prefiero mucho más mi pobreza con tranquilidad a tu abundancia con zozobra.







lunes, 3 de noviembre de 2014

EDGAR ALLAN POE










¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo  puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo.

Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las  persianas, por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente,

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?




Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón.

 Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden  imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí
inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y  cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!



El corazón delator

Edgar Allan Poe